Cada uno esta solo
sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de repente la noche.
TRABAJAR CANSA
Atravesar una calle para escapar de casa
puede hacerlo un muchacho, pero este hombre que anda
todo el día por las calles ya no es un muchacho
y no escapa de casa.
Hay tardes de verano
en que hasta las plazas se vacían, tendidas
bajo el sol declinante, y este hombre que llega
a una alameda de inútiles hierbas, se detiene.
¿Vale la pena estar solo, para estar siempre más solo?
Caminar por caminar; las plazas y las calles
están solas. Es preciso detener a una mujer,
hablarle y persuadirla de vivir juntos.
De no ser así, uno habla a solas. Es por esto que a veces
el borracho nocturno comienza a farfullar
y relata los proyectos de toda la vida.
No es verdad que esperando en la plaza desierta
el encuentro se dé con alguno; pero quien va por las calles
se detiene de vez en cuando. Si fueran dos,
aun andando en las calles, la casa estaría
donde aquella mujer y valdría la pena.
En la noche, la plaza vuelve a quedarse vacía
y este hombre, que pasa sin mirar las casas
entre inútiles luces, ya no levanta sus ojos:
sólo mira el empedrado hecho por otros hombres
de manos endurecidas, como las suyas.
No es justo quedarse en la plaza desierta.
Es seguro que existe esa mujer en la calle
que, rogándoselo, quisiera consolar esa casa.
Este estudio es en realidad sólo
una paciente meteorología del hombre.
Acorta análisis de las mareas del pensamiento
y de las mutaciones de la carne,
que como un planeta silencioso lo atrae.
Cálculo de las corrientes y de los vientos,
de los climas y de las oblicuas
isobaras del espíritu; redacción
de las efemérides corporales.
Observatorio apartado de toda variación
que la mente proyecta sobre el cielo del cráneo.
Pero en todo esto aún
no me arriesgo a prever
el pasaje de los cometas y de las mujeres.